Hay juegos que nacen en la plataforma y el momento equivocado. Xenoblade Chronicles X es un claro ejemplo de ello. Lanzado en una consola injustamente tratada como lo fue Wii U, por desgracia su potencial quedó relegado a una minoría entusiasta que ha estado mostrando durante casi una década sus numerosas virtudes. Y ahora, con el lanzamiento de su Definitive Edition para una consola tan popular como Switch, no solo va a dar al juego una segunda vida, es la demostración de que los mundos abiertos, cuando se diseñan con inteligencia y cariño, siguen teniendo mucho que decir en la industria.
En esta entrega, la Tierra ha sido aniquilada. Borrada del mapa tras una guerra alienígena, lo que queda de la humanidad se refugia en una nave colonizadora, la Ballena Blanca, que termina estrellándose en el misterioso planeta Mira. Con ese punto de partida, Monolith Soft nos propone una historia que deja de lado el clásico héroe elegido para ponernos, literalmente, en la piel de quien queramos ser. Crear tu avatar es el primer paso para entender que esta vez no hay un héroe fijado por la narrativa. Hay un personaje hecho a tu medida que tiene como misión enfrentarse a un planeta tan vasto como implacable.
Y es que sin duda Mira es el gran protagonista del juego. Una tierra extraña, ajena y realmente viva. Desde que comienzas a caminar por sus llanuras, selvas o sus desiertos, la sensación de inmensidad abruma al jugador más curtido. Y no porque sea realmente enorme en cuanto a extensión, sino porque su mundo está pensado y diseñado con mucha inteligencia y buen gusto. En un tiempo donde muchos mundos abiertos tienden a señalarte cada paso con un marcador, Xenoblade X hace justo lo contrario: no es condescendiente con el jugador y no tiende a llevarte de la mano. Y en eso reside parte de su encanto… y también de su dificultad.
La historia, más que guiarte, te acompaña. Sí, hay momentos potentes, giros, e incluso una ligera carga temática adulta. Pero aquí la narrativa es más contextual que protagonista. El verdadero motor está en moverse, descubrir, conquistar zonas, y poco a poco, reconstruir la civilización humana desde los restos. El juego no te obliga a seguir su ritmo. De hecho, si te dejas llevar por la exploración, puedes pasarte horas sin tocar una misión principal. Y es una experiencia maravillosa.
Pero todo tiene un precio. El juego no es amable con los recién llegados. Su sistema de misiones puede resultar enrevesado, sus menús no siempre son claros (aunque han mejorado mucho en esta edición), y el combate tiene una curva de aprendizaje que no se supera en un par de horas. Aquí no basta con pulsar botones. Hay que entender cómo se posiciona el personaje, cuándo lanzar cada arte, cómo encadenar efectos, cómo explotar debilidades. Y cuando crees que lo dominas…amigo, qué llegan los Skells.
Estos mechas gigantes que adornaban la portada tardan en llegar al menos 7 u 8 horitas de juego. Pero cuando lo hacen, todo cambia. No es una simple mejora de movilidad. Es una nueva forma de jugar. Pasas de moverte con esfuerzo por las colinas de Mira a surcar los cielos, a enfrentarte a criaturas que antes solo podías y debías esquivar. Y el mundo, que ya era enorme, se abre aún más. Porque, básicamente, no hay barreras naturales.
Esta edición definitiva brilla especialmente al permitir que el viaje del jugador novel se sienta menos áspero. Se han limado muchas asperezas respecto al título original: los tiempos de carga son más cortos, la navegación por las opciones es más fluida, los sistemas de gestión están más pulidos y la fuente y el tamaño del texto se ha adaptado. Incluso se han añadido nuevos personajes, contenido narrativo inédito y un epílogo que cierra mejor una historia que, en su momento, dejó muchas preguntas sin responder. No cambia la esencia original, pero sí la potencia. Algo que no hace perder su identidad.
Visualmente, el juego también da un pequeño salto. No es un remake, pero sí una remasterización hecha con cariño. Las texturas son más nítidas, los modelados de personajes han ganado expresividad, y el mundo luce más vibrante que nunca, especialmente en portátil. Y aunque las animaciones siguen mostrando su edad, y el doblaje sigue siendo algo mejorable, la experiencia global es notablemente superior.
Lo mejor de todo es que, diez años después, Xenoblade Chronicles X sigue siendo único. Ningún otro juego de la saga se le parece del todo. Ningún otro JRPG ha replicado de forma tan eficiente su mezcla de libertad, ciencia ficción sin concesiones y diseño de mundo tan minucioso. Puede que no tenga la carga emotiva o la narrativa de sus entregas hermanas, pero dispone de una ambición que muchos títulos no han alcanzado todavía. Aquí Monolith Soft juega en otra liga.
En definitiva, jugarlo hoy es redescubrir una joya incomprendida. Volver a Mira no es solo nostalgia: es reencontrarse con un tipo de juego exigente, inmenso, libre, y ahora sí, listo para ser disfrutado como se merece. Si te gustan los juegos de rol, obviamente no os lo podéis perder.
*Este análisis se ha realizado gracias a un código de descarga para Nintendo Switch que nos ha proporcionado Nintendo España